Hildebrando Rodríguez, Luis Alfonso Martos y el valor de dos voces, dos guitarras y una memoria que todavía estamos a tiempo de preservar
Por Luis Fernando Moncada
De las muchas cosas que puedo agradecer que mi padre me haya dejado en ese testamento invisible que forman la identidad y la música, una de ellas es, sin duda, el valor de la serenata.
La serenata no solamente como una costumbre romántica, sino como un mecanismo de comunicación.
Como una manera de decirle algo a alguien cuando las palabras habladas quizá no eran suficientes. Había que buscar una canción. Escoger unas palabras que tal vez otro poeta había escrito mejor que uno. Tomar una guitarra. Ir hasta una casa. Plantarse frente a una ventana o entrar a una reunión y entregar un presente hecho de música.
Para enamorar.
Para reconciliar.
Para celebrar.
Para agradecer.
Para robar una sonrisa capaz de abrir la puerta hacia situaciones maravillosas.
Antes de que una emoción pudiera recorrer el mundo en segundos dentro de una nota de voz de WhatsApp, podía viajar de madrugada sostenida por una guitarra.
Yo viví algo de eso gracias a mi papá.
Recuerdo montones de oportunidades en las que me llevaba a acompañarlo a dar serenatas. Algunas veces íbamos con amigos. Otras, solamente él y yo. Yo podía tocar la guitarra o el cuatro, mi papá cantaba y eventualmente podía atreverme con una segunda voz.
Entonces no tenía herramientas para comprender todo lo que aquello significaba.
Hoy sé que no solamente estábamos haciendo música.
Estábamos participando de una tradición.
La pregunta que empezó a perseguirme
Yo llegué relativamente tarde al estudio formal de la música.
Cuando entré a la escuela de música durante mi adolescencia, muchos de mis compañeros llevaban ventaja. Allí aprendí a leer una partitura, por supuesto, pero ocurrió algo muchísimo más importante: comencé a aprender a valorar el repertorio que nos daba identidad.
Tuve la fortuna de encontrarme con maestros que no necesitaban explicármelo mediante discursos. Lo demostraban.
Componían utilizando códigos venezolanos. Arreglaban nuestra música. La estudiaban. La interpretaban seriamente. Se acercaban a ella no como a una curiosidad pintoresca o como a un repertorio de segunda categoría, sino como material artístico digno de toda la exigencia posible.
Su ejemplo comenzó a hacerme preguntas.
Podía reconocer que distintas regiones venezolanas tenían figuras capaces de representar su identidad sonora: compositores, intérpretes y canciones nacidas en un territorio específico pero que, con el tiempo, terminaban perteneciendo a todo el país.
Entonces apareció una pregunta que durante mucho tiempo me produjo cierta frustración:
¿Quiénes habían hecho eso desde Mérida?
¿Quiénes habían escrito los textos y los sonidos capaces de retratar nuestros Andes?
¿Quiénes eran esas personas cuya música podía escucharse al otro lado del país y hacer pensar: esto viene de Mérida, esto viene de los Andes venezolanos, pero esto también es Venezuela?
Con el tiempo entendí que algunos de esos nombres habían estado allí todo el tiempo.
Dos de ellos eran Luis Alfonso Martos e Hildebrando Rodríguez.
Dos hombres que sí estaban escribiendo esa historia
Luis Alfonso Martos nació en Ejido en 1927. Músico, poeta, compositor, hombre de radio y extraordinario guitarrista, quedó asociado para generaciones de merideños con el nombre de “Cantor de la Sierra”. Su obra miró repetidamente hacia el paisaje, las personas, las costumbres y la vida cotidiana de su tierra. Fuentes dedicadas a la historia musical merideña lo describen también como una suerte de cronista musical de la ciudad. Scribd
Hildebrando Rodríguez nació en Barinitas el 18 de febrero de 1929. Siendo todavía niño pasó por Boconó y más adelante hizo de Mérida el territorio fundamental de su vida profesional y artística. Farmacéutico, bioanalista, profesor universitario, decano de la Facultad de Farmacia de la Universidad de Los Andes, poeta, compositor y músico, llegó además a ocupar el Sillón N.º 3 como Individuo de Número de la Academia de Mérida. Academia de Mérida
Pero para esta historia existe un dato todavía más importante.
Luis Alfonso e Hildebrando no eran dos músicos reunidos accidentalmente frente a unos micrófonos.
Eran amigos.
Eran compañeros musicales.
Eran compadres.
Una publicación de la Academia de Mérida documenta que Hildebrando contó para sus interpretaciones con Luis Alfonso Martos, a quien describe como guitarrista, excelente compositor y compadre; la misma fuente señala que Hildebrando acostumbraba actuar espontáneamente para animar reuniones de amigos. Academia de Mérida
De pronto, el título del álbum deja de parecer una frase escogida simplemente porque sonaba bonita.
Se llama .Amigos de siempre
Y probablemente no habría podido llamarse de otra manera.
Yo llegué a ese disco por otro Rodríguez
Mi relación con Hildebrando terminó siendo, muchos años después de aquel primer encuentro cuando yo todavía era un niño, bastante más cercana de lo que hubiera podido imaginar.
Existe incluso una anécdota especialmente personal: siendo él profesional del bioanálisis, fue Hildebrando quien me dio la noticia de que iba a ser padre por primera vez.
Pero en esta historia está también Leonardo Rodríguez, su hijo.
Leo es uno de mis grandes amigos y un ingeniero de grabación con muchísimos años de experiencia en Mérida.
Junto a él pasé una enorme cantidad de horas en un estudio situado precisamente en el segundo piso del lugar donde Hildebrando atendía a sus pacientes.
Horas grabando.
Editando.
Produciendo.
Escuchando.
Haciendo una de las cosas que más me gustan en la vida: producir música dentro de un estudio de grabación.
Y fue durante alguno de aquellos coloquios posteriores a una jornada de trabajo cuando Leonardo me mostró este álbum.
Recuerdo perfectamente mi impresión.
Leo me contó que aquello había sido una grabación extraordinariamente informal. Dos personas que habían cantado juntas tantas veces que ya poseían un idioma común. Un repertorio conocido. Dos guitarras. Dos voces. Una máquina de cinta.
Y poco más.
Desde entonces, Amigos de siempre se convirtió en uno de mis álbumes favoritos.
Pasaron los años.
La vida siguió.
Y terminé viviendo al otro lado del Atlántico.
Desde España decidí volver a preguntar
Hoy vivo en Valencia, España.
Y cuando decidí que quería escribir sobre este disco comprendí algo que me pareció fundamental:
todavía podíamos preguntar.
Así que le pedí a Leonardo un favor.
Que se sentara frente a su papá, encendiera una cámara y le hiciera algunas preguntas por mí.
Leo lo hizo.
El 18 de febrero de 2026, justamente cuando Hildebrando cumplía 97 años, volvió sobre aquellos recuerdos.
Y entonces ese disco que durante años yo había escuchado como una especie de cápsula del tiempo comenzó a hablar también desde la voz de uno de sus protagonistas.
La primera pregunta de Leonardo fue sencilla: ¿cómo se habían preparado para aquella grabación?
La respuesta de Hildebrando fue inmediata:
“No fue ninguna preparación.”
Esa frase cambia la manera de comprender el álbum.
No ensayaron para hacer el disco
Hildebrando recordó que él y Luis Alfonso ya acostumbraban cantar aquellos bambucos juntos en las casas a las que eran invitados para alguna celebración.
Aquello formaba parte de su vida.
De sus reuniones.
De su amistad.
De su oficio.
“Los cantábamos en las casas donde nos invitaban”, recuerda.
Es decir: la sesión no creó al dúo.
La sesión documentó al dúo.
No necesitaron construir artificialmente una complicidad para grabar. Esa complicidad llevaba años construyéndose en salas, fiestas, serenatas, reuniones y actuaciones.
Hildebrando poseía un grabador AMPEX que había comprado en Caracas. Según recuerda en la entrevista, hicieron correr la cinta a velocidad de 15 y comenzaron a cantar.
Sin una gran preproducción.
Sin convertir aquello en una empresa monumental.
Porque las canciones ya estaban dentro de ellos.
Visto desde hoy, la paradoja resulta preciosa:
no ensayaron para grabar el álbum porque, de alguna manera, habían estado ensayando durante años para la vida.
Nueve canciones sin parar
Hay un detalle de la entrevista que me parece extraordinario.
Hildebrando recuerda la facilidad que tuvieron él y Luis Alfonso para cantar:
“nueve canciones seguidas sin parar”.
La cifra adquiere sentido cuando miramos el repertorio.
Amigos de siempre contiene nueve piezas procedentes del repertorio latinoamericano que ellos habían incorporado a su lenguaje musical: seis vinculadas al cancionero colombiano, dos al pasillo ecuatoriano y una perteneciente al universo puertorriqueño.
A esas nueve canciones se suma una décima obra, la única composición propia dentro del conjunto: Tu divina presencia, de Hildebrando Rodríguez.
Eso me parece fascinante.
Porque las nueve canciones que Hildebrando recuerda interpretando de corrido son precisamente aquellas que habían recibido de una tradición musical más amplia.
Canciones que habían escuchado.
Aprendido.
Memorizado.
Cantado en casas.
Convertido en propias a fuerza de interpretarlas.
Nueve canciones.
Dos voces.
Dos guitarras.
Una cinta analógica.
Sin las posibilidades casi infinitas de edición que hoy damos por sentadas.
Lo hicieron porque podían hacerlo.
Porque ese repertorio estaba incorporado a su memoria musical.
Luis Alfonso hacía “perfectas” las introducciones
Leonardo le pregunta también cómo se distribuían las guitarras.
La respuesta vuelve a mostrarnos una relación musical perfectamente madura.
Luis Alfonso hacía la primera guitarra y las introducciones.
Hildebrando acompañaba.
Y cuando Leonardo le pregunta si alguna vez quiso asumir él esas introducciones, Hildebrando responde que prácticamente no tenía interés en hacerlo porque Martos las hacía:
“en forma perfecta”.
Me gusta especialmente esa frase.
Porque no habla solamente de técnica.
Habla de admiración.
En las voces ocurría algo parecido: Hildebrando llevaba la primera voz y Luis Alfonso construía la segunda.
Martos, con aquella voz de barítono dulce, encontraba el lugar desde el cual abrazar la melodía. Hildebrando, tenor, sostenía la voz principal. En las guitarras, uno trazaba introducciones y líneas melódicas mientras el otro construía el piso armónico.
Y Hildebrando recuerda algo todavía más revelador: había canciones que podían aprenderse esa misma noche y casi inmediatamente mantener esa misma organización de voces y guitarras.
Eso habla de un tipo de formación musical que no siempre ocurre dentro de un aula.
El músico con repertorio.
El músico que escucha y memoriza.
El músico capaz de acompañar sin estorbar.
De encontrar una segunda voz.
De transportar.
De reconocer una forma.
De incorporar una canción nueva y hacerla funcionar con otro músico casi inmediatamente.
Las casas, las serenatas, las fiestas y las reuniones también fueron una escuela.
Hacer música para disfrutar
Leonardo le preguntó igualmente cómo había conocido a Luis Alfonso.
Hildebrando recordó una ocasión en la que Amador Bendayán llegó desde Caracas a Mérida para realizar una grabación de televisión. Como ellos estaban vinculados activamente al movimiento musical de la ciudad, coincidieron allí.
Y luego vino lo importante.
Hildebrando explica que decidieron seguir ensayando:
“para disfrutar tanto nosotros como la gente a quien cantábamos”.
Difícilmente podría encontrar una declaración artística que resumiera mejor este álbum.
Hacer música porque producirla genera placer.
Y hacerla suficientemente bien para que ese placer pueda ser compartido.
No había algoritmo.
No había estrategia de lanzamiento.
No había contenido que optimizar.
No había un thumbnail al que aumentarle el porcentaje de clics.
Había canciones.
Y había gente.
Y eso no significa que su música estuviera confinada al ámbito privado. Hildebrando recuerda que actuaron juntos en numerosas fiestas particulares y también en actos oficiales del gobierno.
La misma formación.
Las mismas voces.
Las mismas guitarras.
Un lenguaje suficientemente natural como para funcionar tanto en la intimidad de una casa como frente a un público institucional.
El disco es también un mapa de los Andes
Cuando empecé a investigar el repertorio de Amigos de siempre, apareció algo que inmediatamente me llamó la atención.
La inmensa mayoría de la música no había sido escrita en Venezuela.
Hay pasillos ecuatorianos como Desde aquella mañana y Limosna de amor. Esta última pertenece a la colaboración entre el poeta César Maquilón Orellana y el compositor Nicasio Safadi, una de las relaciones creativas documentadas dentro de la historia del pasillo ecuatoriano. Publicaciones UNAULA
Está Rosalinda, bambuco con letra de Pompilio “Tocayo” Ceballos y música de Enrique Figueroa. Scribd
Está Campesina Santandereana, de José Alejandro Morales, una de las obras que las propias instituciones culturales de Santander siguen identificando entre las composiciones emblemáticas de este autor. Santander
Y está, sobre todo, la presencia extraordinaria de José Macías.
Cuatro canciones del álbum pertenecen a su universo: Ojos miradme, Alma y vida, Muchacha de risa loca y Bonita. El Banco de la República de Colombia documenta Ojos miradme en 1938; otras fuentes colombianas identifican a Macías como autor de Muchacha de risa loca y Bonita, piezas fundamentales de su repertorio. Babel
Finalmente aparece El último suspiro, obra de Rafael Hernández Marín, una de las grandes figuras puertorriqueñas de la canción latinoamericana. Existen registros discográficos de la pieza desde mediados del siglo XX. Página web de acme-cali
Colombia.
Ecuador.
Puerto Rico.
Y Mérida.
Pero lo verdaderamente maravilloso es que esta lectura geográfica no nace solamente de una investigación realizada medio siglo después.
Hildebrando mismo recordó que pensaron en enviar aquella grabación a Colombia, porque allí disfrutaban especialmente los bambucos.
Y también a Ecuador.
Cuando menciona Ecuador, con 97 años, todavía se entusiasma hablando de sus requintistas, de su habilidad con la guitarra, de la manera extraordinaria en que movían los dedos entre las cuerdas y conservaban el ritmo.
Es decir: Colombia y Ecuador no están accidentalmente en el álbum.
Formaban parte del mundo musical que ellos admiraban.
Mérida estaba en Venezuela, pero también estaba en los Andes
Hay algo que esta selección de repertorio nos ayuda a comprender.
La identidad cultural no funciona exactamente igual que un mapa político.
Históricamente, los Andes venezolanos mantuvieron relaciones muy particulares con los territorios occidentales y con la actual Colombia. Antes de la creación de una red vial nacional, las carreteras andinas estaban fragmentadas y muchas se orientaban hacia el lago de Maracaibo; no fue hasta 1925 cuando la Carretera Trasandina terminó de integrar por tierra a Táchira, Mérida y Trujillo con el centro del país. Mucho antes de eso, además, la propia historia de Mérida había estado ligada a Nueva Granada. Fundación Empresas Polar
Esto no significa que en las décadas posteriores Mérida viviera incomunicada de Caracas. Sería una simplificación histórica.
Pero sí nos recuerda algo más interesante:
las fronteras administrativas no borran siglos de vecindad cultural.
Las canciones viajaban.
Por radio.
Por discos.
Con músicos.
En fiestas.
En serenatas.
En la memoria.
Por eso, cuando escucho un bambuco colombiano interpretado por Hildebrando Rodríguez y Luis Alfonso Martos, no siento que dos venezolanos estén haciendo turismo musical por otro país.
Siento a dos músicos de los Andes venezolanos hablando un idioma musical que ya forma parte de ellos.
Nueve canciones recibidas y una canción entregada
Y aquí está una de las cosas que ahora más me emocionan del disco.
Nueve de las diez canciones proceden de ese gran repertorio latinoamericano que ellos recibieron y convirtieron en parte de su vida.
Pero hay una décima pieza.
Una canción de Hildebrando:
Tu divina presencia.
No me interesa inventar una intención conceptual que probablemente nunca existió. El propio Hildebrando acaba de decirnos que aquella grabación no tuvo una gran preparación previa, así que sería absurdo atribuirles ahora, desde el futuro, una arquitectura intelectual que quizás nunca buscaron.
Pero el resultado está allí.
Y me parece hermosísimo:
nueve canciones recibidas de una tradición y una canción aportada a esa tradición.
Primero escuchar.
Después aprender.
Luego cantar.
Y eventualmente responder con una obra propia.
Eso es lo que ocurre cuando una tradición está viva.
No es un museo.
No consiste únicamente en conservar intacto lo que hicieron quienes vinieron antes.
Una tradición viva se recibe, se metaboliza y se continúa.
Y Tu divina presencia encaja con una naturalidad sorprendente dentro del universo sentimental de las otras piezas.
La brisa.
El perfume.
La tarde.
Los ojos.
La belleza.
La sonrisa.
El corazón.
El amor capaz de modificar incluso la percepción del paisaje.
Hildebrando había escuchado durante décadas aquel lenguaje de la canción romántica latinoamericana.
Y podía responder desde Mérida utilizando una voz propia.
¿Cómo puede ser éste uno de mis discos venezolanos favoritos?
Aquí aparece una contradicción solamente aparente.
El noventa por ciento de las canciones de Amigos de siempre fue compuesto fuera de Venezuela.
Y, sin embargo, para mí es uno de mis álbumes de música venezolana favoritos.
Porque la identidad musical no funciona como una aduana.
No todo aquello que nos constituye tuvo que nacer dentro de las fronteras del país.
La identidad es también lo que recibimos y hacemos nuestro.
Lo que cantamos durante décadas.
Lo que adaptamos a nuestras voces.
Lo que aparece en nuestras fiestas.
Lo que una generación transmite a la siguiente.
Por eso, cuando escucho este álbum, escucho a Colombia y a Ecuador.
Pero también escucho a Mérida.
Escucho una manera merideña de relacionarse con esas músicas.
Y eso me resulta profundamente venezolano.
Una fotografía sonora de una Mérida posible
Cada vez me gusta más pensar en Amigos de siempre como una fotografía.
No una fotografía de toda Mérida.
Sería irresponsable pretender que dos hombres pueden representar por sí solos una ciudad completa.
Pero sí una fotografía de una Mérida posible.
La Mérida de las guitarras.
La Mérida de las visitas.
La Mérida de la radio.
La Mérida de la serenata.
La Mérida donde alguien podía mencionar una canción y encontrar enfrente a otro músico que la conociera.
La Mérida en la que un bambuco colombiano podía convivir con un pasillo ecuatoriano, una canción puertorriqueña y una composición merideña sin que nadie necesitara presentar primero un ensayo académico para justificarlo.
La Mérida donde dos hombres podían cantar juntos durante años y acumular tal grado de confianza que un día bastaba poner una cinta a rodar.
Eso también es patrimonio.
Aunque nunca haya sido declarado patrimonio por nadie.
La informalidad es parte de su valor
Vivimos en una época obsesionada con documentarlo todo.
Fotografiamos lo que comemos.
Grabamos fragmentos de casi cualquier concierto.
Conservamos chats, notas de voz, videos, ubicaciones, fechas.
Y paradójicamente eso no significa necesariamente que estemos conservando mejor aquello que importa.
Amigos de siempre viene de otro mundo.
Grabar requería una máquina, cinta, conocimiento técnico y recursos que no estaban disponibles en cada bolsillo.
Por eso me parece fascinante que algo aparentemente tan informal haya sobrevivido.
Quizás precisamente porque no nació intentando ser un documento histórico, terminó convirtiéndose en uno.
No escucho a dos hombres tratando de construir un monumento sobre sí mismos.
Escucho algo mucho más sencillo:
“Esta canción nos gusta. Vamos a cantarla.”
Y varias décadas después, esa sencillez resulta extraordinariamente sofisticada.
Mi preocupación comienza cuando intento documentarlo
Aquí aparece también la razón por la que sentí la necesidad de escribir este artículo.
Cuando comienzo a investigar las canciones colombianas del álbum, puedo encontrar documentación sobre repertorios escritos durante la primera mitad del siglo XX.
El Banco de la República de Colombia conserva programas, archivos y colecciones que permiten identificar obras y autores décadas después de su creación. Babel
En Ecuador encuentro investigaciones académicas dedicadas a reconstruir la historia del pasillo y las relaciones entre sus compositores y poetas. Repositorio UASB
Y entonces miro hacia nosotros.
Y me pregunto:
¿cuántas cosas importantes todavía no hemos documentado?
¿Cuántas cintas permanecen dentro de una gaveta?
¿Cuántas canciones sobreviven únicamente porque alguien de una familia todavía recuerda quién las escribió?
¿Cuántas fotografías tenemos sin saber quién aparece en ellas?
¿Cuántos arreglos nunca fueron escritos?
¿Cuántos músicos fueron importantísimos para una ciudad y, apenas dos generaciones después, resultan prácticamente invisibles para quien intenta buscarlos?
No es solamente un problema de nostalgia.
Es un problema de memoria.
Todavía estamos a tiempo
Esta es quizás la parte de la historia que más me conmueve.
Yo conocí Amigos de siempre hace muchos años gracias a Leonardo.
Después me fui de Venezuela.
Hoy escribo desde España.
Luis Alfonso ya no está.
Pero cuando decidí investigar esta historia todavía pude escribirle a Leo y decirle:
pregúntale a tu papá.
Y Leonardo se sentó frente a él.
Encendió una cámara.
Y preguntó.
A sus 97 años, Hildebrando recordó.
Recordó el AMPEX que había comprado en Caracas.
Recordó las casas.
Recordó los bambucos.
Recordó las primeras guitarras de Luis Alfonso.
Recordó sus segundas voces.
Recordó Colombia.
Recordó Ecuador.
Recordó cómo se conocieron.
Recordó que tocaban para disfrutar ellos y para hacer disfrutar a otros.
Eso es maravilloso.
Pero también debería inquietarnos un poco.
Porque llegará un momento en que ya no podremos preguntar.
No escribo esto porque crea que todo tiempo pasado fue mejor
No lo creo.
Vivimos rodeados de herramientas que aquellos músicos jamás tuvieron.
Hoy podemos grabar prácticamente con cualquier teléfono.
Podemos digitalizar una cinta.
Restaurarla.
Publicarla.
Investigar desde otro continente.
Entrevistar a alguien a miles de kilómetros.
Compartir una canción instantáneamente con el mundo entero.
Precisamente por eso tenemos menos excusas.
Si creemos que nuestra memoria cultural importa, no basta con lamentarnos porque no esté documentada.
Hay que documentarla.
Hay que entrevistar.
Hay que preguntar nombres.
Hay que preguntar fechas.
Hay que identificar fotografías.
Hay que digitalizar cintas.
Hay que poner autores junto a las canciones.
Hay que escribir.
Hay que hacer hoy las preguntas que dentro de veinte años desearíamos haber hecho.
Amigos de siempre
Quizás por eso este álbum significa tanto para mí.
Porque mi padre me enseñó el valor de la serenata antes de que yo pudiera entender qué era realmente la serenata.
Porque años después estudiar música me enseñó a hacerme preguntas sobre identidad.
Porque pude conocer a Hildebrando.
Porque pude pasar incontables horas haciendo música junto a su hijo.
Porque he tenido la fortuna de hacer música también con miembros de la familia Martos.
Porque un día Leonardo me mostró una grabación.
Y porque décadas después, desde España, pude regresar a aquella historia y descubrir que uno de sus protagonistas todavía podía contármela.
No necesito que Amigos de siempre sea una producción perfecta.
No necesito que detrás haya existido una gran compañía discográfica.
No necesito que haya sido concebido como un álbum histórico.
Precisamente su belleza está en otra parte.
En dos voces.
Dos guitarras.
Una cinta.
Nueve canciones recibidas de un enorme patrimonio latinoamericano.
Una canción entregada por uno de ellos.
Décadas de oficio.
Una amistad.
Y una ciudad apareciendo entre las cuerdas.
Luis Alfonso Martos e Hildebrando Rodríguez seguramente realizaron a lo largo de sus vidas obras técnicamente más ambiciosas.
Pero esta grabación conserva algo que ninguna producción posterior puede fabricar:
nos permite escucharlos siendo amigos.
Tal vez por eso sigo regresando a ella.
Y no quisiera que Amigos de siempre quedara escondido entre las travesuras del destino.
Quisiera que algún joven músico merideño lo encontrara.
Que algún guitarrista intentara descubrir cómo hacía Martos aquellas introducciones.
Que alguien sacara de oído aquellas segundas voces.
Que alguna de estas canciones volviera a aparecer debajo de una ventana.
Que un estudiante quisiera saber quiénes fueron esos dos señores.
Que alguien escuchara un bambuco colombiano interpretado por ellos y entendiera que la identidad no siempre comienza y termina donde dibujamos una frontera.
Que sus familias sepan que aquello importa.
Y que cuando nosotros tampoco estemos aquí, alguien pueda darle a reproducir y escuchar una pequeña porción de aquella Mérida del siglo XX.
Porque una vez hubo dos amigos que habían cantado juntos tantas veces que no necesitaron prepararse para dejar un disco.
Solamente necesitaron sus voces.
Sus guitarras.
Una máquina.
Una cinta.
Y comenzar.
Por fortuna para nosotros, alguien apretó REC.
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